Mini relato de la semana

El ilustre candidato

7 septiembre, 2019
Narciso

 

El Niño del Farolas aprobó la secundaria por los pelos. En el colegio privado consideraron que hacer repetir al hijo del alcalde hubiera sido una desconsideración. En la universidad ya no tuvo tanta suerte; no porque el profesorado no estuviera dispuesto a pasarle la mano, sino porque el muchacho no se presentó a ningún examen, en ninguna de las múltiples convocatorias que le ofrecieron. Le gustaba más la juerga que a un tonto un lápiz y andaba todo el día con la moto haciendo caballitos y derrapes. Su progenitor tampoco es que fuera una lumbrera, pero al menos dejó -sobre la ciudad- una estela de seis mil farolas con forma de platillo volante.

Un iluminado con visión de futuro.

Cuando el joven cumplió los veinticuatro años, el padre (desesperado) le afilió al partido y le dio tan solo dos consejos: que se te vea mucho y que las mentiras parezcan verdades. Con esta mochila, y sin haber ganado en su vida una puñetera nómina, el chico del Farolas comenzó a prosperar. Antoñito era simpático, bromista y sabía arrimarse al sol que más calienta en el momento más apropiado, amén de los favores que le debían a su padre. A pesar de no saber hacer la “O” con un canuto, Antoñito inició su carrera política ocupando varios puestos de asesor. El primero fue de especialista en agricultura ecológica y labores del campo, sin haber pisado un sembrado en su vida. En una visita oficial a la Costa Tropical se tragó el hueso de un mango biológico y acabó en el hospital con una disfagia que estuvo a punto de costarle la vida. De esta aventura pasó a asesorar a la Dirección General de Soberanía Alimentaria, y fue allí donde se pilló una salmonelosis de caballo tras hartarse de langostinos en un control rutinario. Su fama de payaso trascendió por las altas esferas, lo que le valió un rápido ascenso: Director General de Cambio Climático, Transición Ecológica Verde y Consumo Sostenible y Renovable.

Un puesto a su medida.

A los 35 años entró en su despacho de director general con el cabello de rizo jerezano repeinado hacia atrás. Llevaba un traje azul de Armani y unos mocasines de Louis Vuitton, que medio ocultaban los calcetines blancos comprados el domingo anterior en el mercadillo. Al traje no quiso quitarle las etiquetas.

—Aparentar tiene más letras que ser —le recordó su padre.

Tras la primera rueda de prensa, los periodistas salieron con lágrimas en los ojos; y no de llorar, sino de un ataque de risa desenfrenado: el talentoso político leía las gráficas al revés, confundía términos y conceptos, se trastabillaba cuando leía y no era capaz de componer una sencilla frase con sujeto y predicado. Su nivel cultural estaba a la altura de un niño de siete años. El remate fue cuando presentó (a bombo y platillo) su «innovador» proyecto de levantar un parque eólico en la planicie más hundida de la región; un secarral con calma chicha endémica donde el aire no se había movido desde los albores del Pleistoceno.

Un visionario.

Después de esta comparecencia, su figura saltó al estrellato. Los medios de comunicación se lo rifaban para los programas de opinión, debates, tertulias y entrevistas. Nadie era capaz de decir tal sarta de tonterías en tan poco tiempo, y con tanto convencimiento. Las redes sociales ardían comentando cada uno de sus disparates.

—Lo importante es que hablen de uno, aunque sea mal —le insistía su padre.

El Farolas estaba bien orgulloso de su chaval. El Antoñito se movía con soltura por los platós y emisoras exhibiendo su perfil de hombre de estado. Muy pronto, el mito de Narciso se le había quedado a la altura del betún. En el partido, qué decir, estaban más que felices de ofrecer un bufón a los periodistas; no hay nada como lanzar un cebo para atraer la atención y desviarla de donde no conviene. Tanta profesionalidad tuvo finalmente su recompensa: su nombre figuró en el primer lugar de la lista de candidatos al Congreso de los Diputados por su provincia.

En plena campaña electoral, Antoñito tuvo el capricho de comprarse unos gemelos de oro con sus iniciales, como había visto que llevaban muchas de «sus señorías». Caminó trescientos metros por la calle como si fuera un sheriff del Lejano Oeste, consciente de la admiración que despertaba en sus conciudadanos.

El amo, el rey de la city.

Al entrar en la joyería hizo ademán de echarse la mano al bolsillo trasero para soltar una de sus típicas bromas:

—¡Arriba las manos! Esto es un atraco —dijo con una sonrisa de bobalicón.

La señora visualizó en un milisegundo la tranca metálica de la puerta y se la clavó en el cráneo a la velocidad de una gacela. El hierro le salió por el ojo derecho como la mano del Capitán Garfio. Cayó hacia atrás sin doblar las piernas, con la misma sonrisa de idiota que había traído. Cuando le subían a la ambulancia se le soltó un zapato. Los allí presentes pudieron ver los ilustres tomates del candidato en el blanco calcetín.

El homicidio ocupó durante algunos días los noticiarios, pero al cabo de unas semanas todo el mundo se había olvidado del gran estadista que, si la mala suerte no se hubiera cruzado en su camino, podría haber llegado a la mismísima presidencia del gobierno.

Descanse en paz.

 

©Imagen: detalle de Eco y Narciso de John W. Waterhouse (1903)

 

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12 Comments

  • Reply Antonio Rafael Parrilla Muñoz 7 septiembre, 2019 at 7:42 pm

    Hola Rosa:
    Me alegra este cambio estacional, que muestra tu fresco y magistral mini relato de la semana.
    Su comienzo, genial; nos muestra un nene que nos presentas de “chupa de domine”, el tal Antoñito. Muy oportuno el tema que tratas, tanto el referente a los estudios, como a los políticos.
    Como me ha “calao” la recomendación del señor Farolas.- “Aparentar tiene más letras que ser”, de libro y sin apelación.
    Y por ultimo ay aunque está muy mal,por mi parte, reírse del mal ajeno, en el caso que nos ocupa, una mini historia novelada; .- “amiga Rosa; “mas pillao” desprevenido” y la carcajada que he soltado ha sido monumental y estrepitosa.
    Genial este mini relato, cargado como siempre de tu espontaneo humor mezclando lo serio de la vida con lo trágico y la comedia; arte que ya dominas, querida amiga. Tus vinos ya no necesitan indicar en su etiqueta que, han pasado sus obligados meses en madera de roble, para mostrar su calidad; tienen identidad propia y D.O. única.

    • Reply Rosa María Mateos Ruiz 8 septiembre, 2019 at 10:21 am

      Gracias Antonio. Siento haberte robado el nombre para dárselo a este personaje. Afortunadamente no os parecéis ni en el blanquillo de los ojos. Tuve que cargármelo al final; tanto exceso de confianza en uno mismo puede ser letal. El Antoñito se había pasado tres pueblos. Gracias por tus siempre alentadoras palabras. Un abrazo.

  • Reply Antonio Azcón 8 septiembre, 2019 at 8:55 am

    Querida amiga:
    ¡Cuánto tiempo sin que nos arrancaras unas risas! ¡Digo risas: carcajadas!
    Esta entrega me va a suponer un esfuerzo de memoria. Me gusta retener las frases ingeniosas con la intensión de soltarlas a la primera ocasión que se presente, lo que suele quedar muy bien en cualquier conversación, seria o trivial, y provocar la admiración del interlocutor; al fin y al cabo no sólo al Niño de la Farola le gusta engañar al personal y hacerle creer que uno es lo que, lamentablemente, dista de ser.
    Pues sí, aparentar tiene más letras que ser.
    Un abrazo.

  • Reply Rosa María Mateos Ruiz 8 septiembre, 2019 at 10:25 am

    Gracias Antonio. Feliz de haber despertado unas risas. El Niño del Farolas era un figura; lástima que la señora de la joyería fuera tan eficiente. A mi también me gusta guardar chascarrillos y soltarlos en el momento oportuno. Es la riqueza y el dominio de la lengua. Un fuerte abrazo desde el sur para ti.

  • Reply Pedro Conesa 8 septiembre, 2019 at 6:09 pm

    Bien hallada de nuevo, y en buena hora. Este verano que amenaza con acabar (no sé si consigo mismo o con nosotros) se estaba poniendo insufrible, sin un relato tuyo que echarse al coleto.
    En cuanto al relato, todavía me estoy riendo. No sólo por Antoñito, paradigmático él, sino por todas las personas que me han ido viniendo a la memoria según iba leyendo. Son legión, pero por desgracia no hay suficientes señoras de la joyería para acabar con ellos (no en sentido literal, claro).
    Esperamos ansiosos tu próxima incursión. Un abrazo.

    • Reply Rosa María Mateos Ruiz 8 septiembre, 2019 at 6:21 pm

      Querido Pedro:
      Yo también he recordado a muchos personajes para crear a mi Antoñito. La realidad supera siempre a la ficción. Lo de no quitarle las etiquetas al traje, para que se vea la marca, lo he visto con mis propios ojos. Lo juro.
      Sí, qué faltos estamos de especialistas en el buen manejo de trancas de hierro. Mientras tanto, siempre nos queda el humor. Un abrazo.

  • Reply PEDRO SÁNCHEZ GÓMEZ 9 septiembre, 2019 at 10:02 am

    ¡Joer!, ¡qué bueno! Siento no poder añadir mucho más.

    • Reply Rosa María Mateos Ruiz 9 septiembre, 2019 at 2:20 pm

      Gracias Pedro. Los Antoñitos están proliferando comos setas desde que la administración se ha convertido en una agencia de colocación (de individuos afines). Es una parodia de la realidad pura y dura. Un abrazo.

  • Reply HOMO SAPIENS "CANIJUDIENSIS" 12 septiembre, 2019 at 1:38 pm

    Estimada bloguera, me admira su camaleónica capacidad para pasar de un estilo literario a otro sin que se resientan ni su rica prosa, ni su mala “follá granaina” a la hora de fulminar a sus entrañables personajes de ficción.
    Me temo que tiene usted trabajo para rato pues de ilustres idiotas: ineptos, iletrados, insolidarios, irreverentes, ignorantes, irresponsables; en definitiva, de insufribles imbéciles andamos, por desgracia, muy sobrados. Cuanto más se sube en el escalafón político o mediático más al descubierto quedan sus desvergüenzas.
    Aunque no me gusta señalar y ni siquiera sé si vendrá a cuento (puro sarcasmo), me viene a la cabeza el caso de una alcaldesa de un pueblo madrileño que está enchufando (con corriente alterna y contínua) a todo familiar que se le pone a mano. Y hete aquí que quien con mayor vehemencia ha protestado ha sido un ciudadano vasco que ha tenido, el pobre, que empadronarse en un municipio segoviano para poder ser nombrado senador por no sé qué comunidad autónoma ajena a la suya.
    Como puede constatar, lo suyo no es un ingenioso relato sino un sucedido cotidiano.
    Ho sento de debò per vostès, els escriptors, però un cop més la vida real supera amb escreix qualsevol ficció que tinguin a bé imaginar-se.
    Siempre a sus pies…

    • Reply Rosa María Mateos Ruiz 12 septiembre, 2019 at 5:20 pm

      Me los voy a cargar a todos y todas en la ficción y me voy a quedar tan agustito. Es lo bueno de la literatura: puedes matar sin ir a la cárcel. Ahora bien: tampoco quiero convertirme en una justiciera, porque yo también tengo un rato de autocrítica…..

  • Reply Pepe Sánchez 12 septiembre, 2019 at 9:15 pm

    Cuando más entusiasmado estaba con el relato, va la señora joyera y se ventila al Antoñito “Farolitas”. Lo bueno, si breve, dos veces bueno… Gracián dixit. Por cierto, tus relatos siempre me recuerdan al maño jesuita del Siglo de Oro. Me encanta y divierte. Sigue en ello. ¡Ah! Aparentar tiene 6 letras más que ser.¡ Jeje! Fuerte abrazo, Rosa.

    • Reply Rosa María Mateos Ruiz 14 septiembre, 2019 at 5:31 pm

      “El primer paso de la ignorancia es presumir de saber”, célebre frase de El Criticón. La señora joyera abortó la carrera de nuestro Antoñito Farolitas, que prometía grandes sorpresas. Sí, 6 letras más hacen mucho. Aparentar también requiere un esfuerzo, no es fácil. Gracias Pepe y un fuerte abrazo siempre.

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