Literatura

Amor de entreguerras

10 mayo, 2020
Feminismo años 20

En un encuentro de escritores noveles, que no jóvenes, donde casi todos superábamos lo que mis amigos mallorquines llaman el bell mig de la vida, conocí a una señora muy singular que debía haber cruzado ya la barrera de los setenta. Era de un país de la cordillera andina y arrastraba las palabras –casi sin respirar- en un castellano primigenio. Se dormía entre las pausas porque andaba más preocupada en soñar las historias que en escribirlas. Sin embargo, en los cafés se desquitaba haciendo gala de una literatura oral desproporcionada, rica en matices y alocada en argumentos.

En uno de esos tentempiés me contó la historia de su abuelo Hermenegildo, oriundo de un pueblo costero del País Vasco que limitaba con Francia a través de una secuencia infinita de estratos verticales. En aquel periodo de entreguerras, el pueblo se había puesto de moda como destino veraniego de la burguesía más pudiente. Eran tiempos de apertura al mundo y rupturas tectónicas del orden establecido. Las mujeres europeas dejaron de ser las tímidas mojigatas de antaño para moldear la vida a su antojo. Tiraron los corsés a la basura, se deshicieron de velos y sombrillas, acortaron el vestuario para dejar las piernas y los brazos al viento y se adueñaron del sol con la espuma marina.

El abuelo Hermenegildo era un hombre de bien, sin ninguna aspiración distinta que la de vivir tranquilo. Como funcionario del ayuntamiento aceptó durante los veranos un oficio peculiar que requería de un espíritu sosegado como el suyo: había de asegurar el decoro en la playa y comprobar que ninguna dama llevara las faldas de baño más de diez centímetros por encima de la rodilla. El metrocensor cumplía su trabajo con parsimonia y nobleza cartesiana sin sospechar que su mujer le había trucado el metro para favorecer a las mujeres. Gracias a doña Emma Johnson, entre las capas de roca y las olas de arena, paseaban damiselas con las faldas más cortas que se habían visto jamás en el Cantábrico.

Nadie en el pueblo sabía del verdadero origen de la abuela Emma, poco más allá de que había llegado en un barco inglés años atrás para quedarse en aquella ensenada de pescadores. Ni siquiera el abuelo Hermenegildo sospechaba que su mujer venía huida de la justicia.  Se casó enamorado hasta la cinta del sombrero con una de las sufragistas británicas más activas del movimiento. La señorita Johnson era especialista en sabotear líneas eléctricas, corte de ferrocarriles y la mayor experta en la fabricación de bombas caseras. Eso sí, no tenía delitos de sangre porque sus artefactos eran de mucho ruido y pocas nueces.  

            Esta historia me contó la condoresa andina apurando un café a media tarde. Quería escribir una novela con la biografía de sus abuelos y no sabía por dónde empezar.

            —¿Y si me escribe usted las primeras líneas? Para que yo pueda ir tirando del hilo —me dijo.

Y como no puedo negarle nada a una mujer que habla con diamantes en la boca, me animé a escribir este pequeño cuento para ella.

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16 Comments

  • Reply La cuñá 11 mayo, 2020 at 10:39 am

    Buenos dias plumilla. Me encanta la naturalidad del cuentito y por supuesto la historia. Tal
    vez tus hijas no se crean que la abuela usaba un bañador con faldita!!! del que yo misma me
    acuerdo. Jeje
    Yo siempre digo que nací muy pronto y tuve que ver cosas horribles con las mujeres y luchar para cambiarlas y por lo tanto cuando era niña yo quería ser un chico!!! Ahora estoy muy orgullosa de ser mujer. Besos confinados

    • Reply Rosa 11 mayo, 2020 at 3:24 pm

      Les acabo de contar lo del bañador con faldita de la abuela y se partían de la risa. Estas se creen que han nacido con todos los derechos gracias a la inspiración divina. Pues no tuvieron que pelear duro las señoras de principios del S. XX y las de después…. Habrá que esperar a que la Condoresa escriba la historia y nos revele más aventuras.
      Un beso enorme.

  • Reply Antonio Parrilla Muñoz 11 mayo, 2020 at 2:15 pm

    Lo dicho, querida amiga:
    Es usted una pluma de “cuidao” y la chispa de la escritura no la abandona nunca. La señora sureña Febe de estar de enhorabuena, pues nunca mejor dicho, esta entrada ha quedado para novela de muchos ejemplares. Colosal.

  • Reply Rosa 11 mayo, 2020 at 3:25 pm

    Gracias Antoñico. A ver si la Condoresa estira la historia. Aunque yo creo que era de esas mujeres que hablan más que escriben. Un abrazo.

    • Reply Pedro Javier Conesa Dávila 11 mayo, 2020 at 4:53 pm

      Muchas gracias de nuevo. Por el relato, bueno, muy bueno, pero sobre todo porque me ha traído de no sé qué olvidado rincón de mi memoria una anécdota que mi madre nos contaba que le sucedió cuando era joven, en una playa no muy lejana a ésa donde trabajaba el metrocensor de la historia. Según nos contaba, estaba en la playa con su hermana, ambas tumbadas en la arena tomando el sol. Y en esas se les acercó un agente de la autoridad (o tal vez un sacerdote, que a veces la versión tenía adornos) que hizo levantar a ambas, con el argumento siguiente: “Señoritas, esa postura en el cementerio”. Y ambas, también forma parte del recuerdo transmitido, llevaban bañador con faldita. ¿Año? 1937, en plena guerra. Y en la playa de La Concha. O tempora, o mores! ,que diría Cicerón.
      También diría que queremos más, y yo apoyo la moción.

      • Reply Rosa 11 mayo, 2020 at 5:28 pm

        Me encanta esa anécdota de la postura del cementerio en la playa de la Concha. Creemos que el mundo ha sido siempre igual y efectivamente: “tiempos y costumbres”. En esta entrada os habéis rebelado (con “b”). A ver si puedo sacarle más información a la condoresa. Gracias, Pedro.
        ….. Seguimos.

  • Reply Luis González de Vallejo 11 mayo, 2020 at 4:06 pm

    Gracias Rosa por estas píldoras literarias tan ligeras como dulces y que en estas fechas de presagios del fin del mundo son como un bálsamo .
    Besos y sigue adelante con tu segunda vocación ,

    • Reply Rosa 11 mayo, 2020 at 4:45 pm

      Gracias Luis:
      Ahora mismo ando en un desbarajuste de vocaciones. “Aprendiz de mucho maestro de nada”, pero a estas alturas procuro disfrutar más de mi profesión, sin demasiados alardes; y aún más de la literatura, que me da grandes satisfacciones. Estas píldoras son también terapéuticas para mi. Un abrazo fuerte y a cuidarse mucho.

  • Reply Alejandro 11 mayo, 2020 at 6:15 pm

    Me encantan tus lineas porque es mas lo que apuntan que lo que cuentan.
    Es una puerta abierta a historias que tienen mucho mas y te dejan con ganas de curiosear.

    • Reply Rosa 11 mayo, 2020 at 8:25 pm

      Querido Alejandro:
      Gracias por este comentario que me agrada muy especialmente porque SÍ, es mucho mejor sugerir que contar, insinuar las historias que desnudarlas. Si he conseguido eso, me doy por satisfecha. Gracias, amigo.

  • Reply Coco Vida 11 mayo, 2020 at 10:03 pm

    Varias cosas son preciosas en este cuento, la primera tú, que tienes gracia “pa to”. La segunda la historia de los abuelos, extraordinaria aunque posible, la tercera la forma de enfocar el relato hablando de la escritora andina, originalisima idea la de pedir a otro escritor que te empiece la labor, como nos hacían en la clase de labores en el colegio, que nos empezaban la vainica, que no sabríamos nunca hacerla, además de no servirnos para nada la perdida de tiempo. Y las cosa más preciosa de todas, la imagen de generosidad entre escritores, tan lejos de los celos y recelos tan habituales entre ciertos sectores de las artes.

    • Reply Rosa 12 mayo, 2020 at 9:54 am

      Gracias Coco. Qué bello y generoso análisis por tu parte. Sí, este cuento tiene una estructura diferente, valiéndome de un personaje al fondo de la escena, la Condoresa. Es curioso el parecido entre las artes y las ciencias, y la escasa generosidad que hay en ambos mundos. Entre tanto autogenio y ególatra, uno no sabe cómo navegar. Besos siempre.

  • Reply HOMO SAPIENS "CANIJUDIENSIS" 17 mayo, 2020 at 1:11 am

    Estimada bloguera, me permito seguir tirando del hilo…
    Lo que nadie llegó a saber del abuelo Hermenegildo es que él por su propia cuenta ya había amañado, a la baja, el patrón de medidas; lo cual unido al venial pecadillo de su mujer Emma, consiguió no se sabe si acortar las faldas a extremos provocativos o alargar hasta límites nunca antes osados las níveas piernas de las desinhibidas extranjeras.
    Este hecho explicaría también la parsimonia del noble metrocensor en el cumplimiento de su deber. Su celo llegó a ser concienzudo hasta alcanzar el paroxismo.
    Pasado el tiempo y descubierto el entuerto del metro en cuestión, los más refutados científicos propusieron que el legendario instrumento de medida fuera acuñado en iridio y platino y depositado en la Oficina Internacional de Pesos y Medidas, de París.
    ¿Con qué patrón creen ustedes que se diseñaron las primeras minifaldas de los libertinos años veinte?
    Sempre encantat amb les seves històries.

    • Reply Rosa María Mateos Ruiz 17 mayo, 2020 at 10:22 am

      Muy bueno. Vaya, que entre la abuela y el abuelo dejaron el metro como la verbena de la Paloma. Pequeñas iniciativas que dieron grandes resultados. Gracias siempre, Canijudiensis.

  • Reply carme 19 mayo, 2020 at 11:18 am

    Preciosa historia, amiga. Y me ha despertado un imborrable recuerdo. En 1965, en segundo de bachiller, las monjas aún nos recomendaron usar el bañador diseñado por el Padre Laburu. Modernizaba algo lo anterior, que constaba de : “falda larga hasta media pierna, pantaletas y mangas cortas, y un gracioso escote redondeado que oculte la fea prominencia de las clavículas”. Pero insistía en la espalda cubierta y la faldita. Imposible nadar con todo aquello. No sé en qué edad vivían esas monjas. Alguna de las alumnas ya se había hecho (a escondidas de sus padres) con un pecaminoso bikini.

  • Reply Rosa 19 mayo, 2020 at 11:29 am

    Me encantaría ver el diseño del Padre Laburu….A ver si encuentras alguna foto del modelo. ¡¡¡Ay!!!! Las monjas siempre vigilando la “decencia” de las alumnas, en vez de velar por su salud y felicidad. Los poderes siempre buscan quien aplique las normas con contundencia.
    Gracias Carmeta por tu anécdota, que viene a confirmar que los de entreguerras…..Se prolongó.

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