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Langevin

Curiosidades de ciencia

El amante de Madame Curie

28 Junio, 2015

 

La imagen que tenemos de ella es de una mujer fría, desaliñada, aislada del mundo en su laboratorio y ajena a cualquier alegría del cuerpo y el espíritu. Sus diarios revelan todo lo contrario: Madame Curie era una mujer apasionada, enamoradiza, coqueta, sensual y carnal. Las palabras que escribe al rememorar la tarde que le entregaron el cuerpo destrozado de Pierre encierran tal ternura e intimidad que dejan al desnudo su elegancia: “Tus labios, que yo solía decir eran exquisitos, están pálidos, descoloridos. Qué golpe ha sufrido tu pobre cabeza, que yo acariciaba tan a menudo tomándola en mis manos. Y una vez más, te besé los párpados que tú cerrabas tan a menudo para que yo los besara”.

Cuatro años después de aquel terrible accidente que la dejó viuda, Marie volvió a enamorarse. Un amor furtivo y apasionado con el profesor Langevin, colega de la Sorbona, algo más joven que ella y padre de familia numerosa. La engañada esposa encontró un buen día la ardiente correspondencia Curie-Langevin y fue el inicio de una terrible campaña de desprestigio contra la pequeña científica polaca.

La palabra “escrache” procede del francés écraser que literalmente significa “aplastar, derribar”. El término se queda corto con los adjetivos que dedicó a Marie la prensa francesa y los insultos que le prodigaron aquellos justicieros ciudadanos que comenzaron a rondar su casa, hostigando también a sus pequeñas hijas Iréne y Eve. Los ilustres miembros de la Academia Sueca, que pocos meses antes le habían concedido su segundo Nobel en solitario, le enviaron una bonita carta invitándola a renunciar al premio. La respuesta de Madame Curie fue contundente, y el Rey Gustavo V de Suecia, cuya homosexualidad era un secreto a voces, le acabó otorgando el galardón por sus valiosas contribuciones a la Química, en una fría mañana a finales de 1911.

La imagen que acompaña este texto es una instantánea tomada en la Conferencia Solvay, celebrada en Bruselas en el otoño de 1911, cuando el escándalo estaba candente. Los gestos hablan por sí solos: Marie (sentada) se oculta con su propio cuerpo del resto de los caballeros, pareciendo estar muy concentrada con la mano derecha en la sien. Langevin, el primer caballero de pie a la derecha de la fotografía (junto a Einstein), tiene la mirada perdida y triste, consciente de lo que le espera cuando regrese a casa.