Literatura

Renacimiento

5 febrero, 2019

 

Retomo los relatos con ilusión después de un largo periodo de parón bloguero. No he abandonado #laletradelaciencia, sino que he disfrutado de un largo recreo para afrontar otra aventura literaria. «Nada se parece tanto a la ingenuidad como el atrevimiento», y una servidora tiene ambas cosas a raudales.

Llevo un mes en Italia, un país prestado provisionalmente donde estamos pasando más frío que andar por el Ártico alicatando un iglú. El calentamiento global ni ha llegado ni se le espera. Los Apeninos extienden una rasca húmeda como el manto de la princesa Frozen. En este paraíso de las enfermedades reumáticas hemos visto el sol dos días, y por asomo. Uno se levanta con destemplanza y se acuesta con la misma destemplanza.

Cualquier inclemencia climática se perdona porque Italia es un estado pictórico en el sentido más puro de la palabra. Todos y cada uno de sus ciudadanos, ya sea hombre o mujer, rico o pobre, joven o viejo sabe lo que es la belleza. El escritor Samuel Johnson define el país de la siguiente manera: quien no ha visitado Italia no es consciente de su propia inferioridad. Sin quitarle mérito al pequeño país situado más al norte, me quedo con el ingenioso chascarrillo del director de cine Peter James, que viene a decir que Miguel Ángel, Leonardo Da Vinci y Rafael aparecen en un momento de la historia donde los Borgia siembran el terror, llenan los palacios de intrigas y conspiraciones, y no dejan títere con cabeza. En ese empantanado escenario se inventa la grandiosidad del Renacimiento. En Suiza, por el contrario, después de tantos lustros de amor, orden, paz y democracia ¿cuál ha sido el resultado? El reloj de cuco. Los artistas conocen de primera mano que la chispa de la creatividad jamás salta en un lugar ordenado. Hace falta la inspiración del caos. ¡Eso es exactamente Italia!

Para tomarme en serio el refrán: allí donde fueres haz lo que vieres, me he lanzado a hablar el italiano. Tengo un par de reglas infalibles: pones el verbo en infinitivo y procuras terminar todo en “i” o “e”, según tu criterio para atribuir el género (siempre falla). No obstante, hay que andarse con mucho cuidado, porque hay infinidad de «falsos amicos», esas malditas palabras que no son lo que parecen. Un «cazzo» no es un objeto para calentar la leche, sino una «parolaccia» bastante grosera que hace referencia al miembro masculino. El «aceto» es el vinagre; el «bollo», un sello de correos y el «asilo» viene a ser una escuela para niños muy pequeños. ¿A quién se le habrá ocurrido cambiar el significado de las palabras?

En la vida italiana, el coche reina como un objeto sagrado. Después de la «mamma» está la «maquina», en ese orden. No solo he visto coches aparcados en el mismísimo patio del Museo Arqueológico de Perugia, entre los capiteles romanos y las columnas etruscas, sino que las señales de tráfico y los pasos de peatones están aquí como las farolas: para decorar. De igual modo, las aceras sirven para dejar el coche a un lado y hacer los recados, al estilo Esperanza Aguirre. En el autobús la peligrosidad se dispara: literalmente te juegas la vida. Tienes que ir agarrado con todos los miembros que te sea posible porque los derrapajes son a la manera del Paris-Dakar. También he vivido en mis propias carnes, y desde dentro, cómo se transforma el personal al volante. Esa señora tan fina que has conocido por la mañana, con dos vueltas en el collar de perlas y gestos de condesa de la Toscana, se convierte en una energúmena al mando de la «maquina». La dama saca los cuernos por la ventanilla, se pone a gritar como una posesa y llama «cretino» a todo el que se le cruza.

Otra anécdota curiosa la viví el día de Reyes. Asistí a un magnífico concierto en el Palazzo dei Priori, un majestuoso edificio del Renacimiento en el mismo corazón de la ciudad. A mitad del cuarto villancico se apagaron un conjunto de luces que había justo detrás del coro. De repente aparece un señor regordete con un mono azul y una escalera de mano. El tío se sube para arreglar las luces en mitad de la representación. Digo yo ¿no había otro momento? Al final se le hizo una ovación al colega, que tuvo las santas narices de salir a saludar.

Mi despacho de trabajo lo he bautizado como el «Campo dei Fiori», porque estamos dos Margaritas y dos Rosas. Para mejorar mi italiano me he pegado a la salida que limita con la máquina de café. Allí me empapo de todas las conversaciones ajenas y participo también en muchas de ellas. Sé que me estoy ganando a pulso el adjetivo de «ficanasa», que literalmente significa «metenarices», pero todo sea por el conocimiento. La verdad es que aquí uno se siente como en casa: se discute mucho, se gesticula, las conversaciones se interrumpen continuamente, los temas favoritos son el fútbol y la política y, cuando nos sentamos a comer, se habla de comida. La gran diferencia es que ellos toman un café como Dios manda, y no el «aguachirri» que preparamos nosotros.

Gracias a mis compañeros he llegado a entender la clave del funcionamiento de Italia. Uno se pregunta cómo es posible que todo marche bien en una sociedad que vive permanentemente enmarañada en una contienda política, con un cambio de gobierno cada 15-20 meses. El funcionariado italiano es un seguro de vida para el país. Percibo en mis colegas el altísimo concepto que tienen del servicio público, un sentimiento que les hace responsables en primera persona de la calidad de su trabajo. Es algo así como una familia donde los padres son unos descarriados y los hijos asumen el orden y las obligaciones. Estas observaciones me hacen reflexionar sobre la importancia de tener una administración profesional, lo más alejada posible de los tejemanejes políticos y al margen de su clientelismo.

Cambio de tercio para la despedida y regreso a la belleza. Mis amigas me preguntan por los hombres italianos. ¿Qué decir? No es una casualidad que Gucci, Armani, Versace, Dolce & Gabbana sean de la patria, porque tienen los modelos en la calle. Por lo pronto, mi principal ocupación extra-laboral se ha centrado en espantar a un grupo de ragazzi que revolotean alrededor de mis hijas.  No me fío de la mitad de la cuadrilla y aquí (lo siento mucho por los galanes): ¡la «mamma» soy yo!

 

Imagen: Detalle del Nacimiento de Venus de Sandro Botticelli

 

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20 Comentarios

  • Responder Antonio Rafael Parrilla 5 febrero, 2019 a las 3:41 pm

    Muy de acuerdo con tu entrada, Rosa. Opino igualmente que el caos y el orden deben caminar de la mano, si es que deseamos aparezca la creatividad. Un saludo.

    • Responder Rosa María Mateos Ruiz 6 febrero, 2019 a las 9:39 am

      Sí, tiene que haber un poco de jaleo para que salte la chispa de la inspiración. En un mundo plano, estructurado y ordenado, la creatividad no se dispara. Un abrazo amigo.

  • Responder Francisco José Martín Ballesteros 5 febrero, 2019 a las 3:44 pm

    Bravo! Qué alegría retomar la sana costumbre de leer tus escritos!
    Queremos más!. Un besazo! Paco.

    • Responder Rosa María Mateos Ruiz 6 febrero, 2019 a las 9:40 am

      Con este entusiasmo por tu parte me desaparecen las dudas de seguir o no. Seguiremos pues. A ver qué nos deparan los próximos meses. Un fuerte abrazo para ti.

  • Responder Pedro Conesa 5 febrero, 2019 a las 3:58 pm

    La espera ha merecido la pena, ya lo creo. Bienvenidas tus palabras, bienvenidos tus relatos, y bienvenida tú, de nuevo. No nos hagas esperar mucho, por favor…

    • Responder Rosa María Mateos Ruiz 6 febrero, 2019 a las 9:43 am

      Gracias Pedro. Bienvenido tú, lector fiel y entusiasta. Seguiremos. Un fuerte abrazo para ti.

  • Responder Luis González de Vallejo 5 febrero, 2019 a las 4:02 pm

    Ya era hora , pero es un cambio de agujas muy acertado .Salir de la rutina y entrar en la caótica y bella Italia te dará muchos frutos. Y ya se perciben …Feliz estancia Rosa

  • Responder Rosa María Mateos Ruiz 6 febrero, 2019 a las 9:44 am

    Gracias Luis. Desde luego es un lugar de inspiración. A ver qué nos depara los próximos meses. Gracias por animarme a continuar. Un abrazo.

  • Responder José Francisco González Fernández 6 febrero, 2019 a las 6:54 pm

    Que alegría Rosa, volver a leerte y saber de ti. Llegue a pensar que me habías “borrado”. Aunque no te conteste, te leo siempre y me hace mucha ilusión.
    Las “niñas”, por lo que dices, unas jovencitas tan guapas como su madre y Guiller ya estará hecho un mocetón.
    Muchos besos para todos.
    Quique

    • Responder Rosa María Mateos Ruiz 7 febrero, 2019 a las 10:08 am

      ¡Qué alegría Quique! Saberte ahí me da más empuje aún. Sí, Guille es ya un hombretón de 19 años; le tengo aquí en Italia haciendo un intensivo de italiano. Las gemelas cumplirán 16 años este año, así que qué te voy a contar. Las tengo matriculadas en un instituto público italiano y están rompiendo corazones entre los mozuelos. A ver si coincidimos pronto por Granada. Un gran abrazo para ti y Pilar.

  • Responder Margarida Valverde 6 febrero, 2019 a las 9:10 pm

    Me encanta cómo escribes y de lo que escribes. Un placer y muchas risas. Un beso

    • Responder Rosa María Mateos Ruiz 7 febrero, 2019 a las 9:49 am

      Sí, necesitamos humor y risas, sobre todo reírse de uno mismo todo lo que se pueda. Gracias Margarida. Un placer tenerte ahí.

  • Responder La cuñá 8 febrero, 2019 a las 9:20 pm

    Hola Rosita. Qué observadora y qué bien “calas”las situaciones. Y sabes que hemos estado a la vez en la bellisima Roma y nos hemos rendido a su belleza, a la amabilidad y la sonrisa de sus gentes, a la comida bien preparada , como si estuvieras en casa con tu máma, al bullicio, a sus parques con inmensos árboles, al Tevere tan caudaloso , tan señorial con sus preciosos puentes, las colinas con unas vistas maravillosas… y traves de casi 3.000 años!!!!
    Lo que dices…se respira belleza y eso marca a las personas.
    Sigue disfrutando y empapaté de todo para que nos sigas contando.

    Besos de tu cuñá

    • Responder Rosa María Mateos Ruiz 9 febrero, 2019 a las 9:45 pm

      Bella Roma, bella Italia. Sí, la comida es otro de los muchos aspectos positivos de este país. ¡Qué bien se come! Como la comida de la abuela, con unos alimentos sanos, bien cocinados, sin grasa. La gente es maravillosa, como bien dices. Seguiremos disfrutando de Italia todo lo que podamos. Un gran abrazo.

  • Responder Edwin Garita Segura 13 febrero, 2019 a las 6:11 am

    Que alegría causa al alma, volver a leer sus escritos, estaba preocupado que me dejara por fuera. Mis padres fueron hace unos 4 años a Italia y reconocen ese caos, que marca la belleza. Saludos.

    • Responder Rosa María Mateos Ruiz 15 febrero, 2019 a las 9:23 am

      Gracias Edwin. Me siento como cuando uno regresa al lugar donde se le espera. Preciosas tus palabras que me animan a continuar “dando la brasa”. Gracias amigo.

  • Responder Yiyo 14 febrero, 2019 a las 7:16 pm

    Bienvenido renacer de estos relatos tan cotidianos y tan frescos. Bienvenida la espera paciente y curiosa del siguiente. Un besazo

    • Responder Rosa María Mateos Ruiz 15 febrero, 2019 a las 9:20 am

      Bienvenido tú de nuevo al otro lado de la pantalla para acompañarme en refrescar la pluma y soltar la vida. Eres bello en todos los ángulos.

  • Responder HOMO SAPIENS "CANIJUDIENSIS" 21 febrero, 2019 a las 8:03 pm

    Estimada bloguera, tengo que reconocerle que ya la echábamos en falta y aquí vuelve con su particular “renacimiento”. Quizás habrá que darle la razón en aquello del arraigo del concepto de belleza en los italianos: asegura usted que de la depredadora saga de los Borgia fueron capaces de sacarse lo del Renacimiento, pero tampoco los magnifiquemos tanto pues a pesar de todo aquello también fueron capaces de engendrar, por ejemplo, a Romina y Albano, o a Berlusconi. Claro que cualquier comparación con nuestros cánones podría ser odiosa, pues por estos lares de los esperanzadores y efímeros tiempos de la libertad, igualdad y fraternidad engendramos a Fernando VII y todas sus secuelas borbónicas. A ver quién es el guapito que puede superar eso. Y no voy a continuar porque por menos de nada le tachan a uno de antipatriota y ya te están plantando ante el juez de turno para que expliques aquello de la libertad de expresión mal entendida.
    Por cierto que por aquí también abundan los ¨falsos amicos”. Le cuento. Ahora que nos encontramos sumergidos en plena vorágine preelectoral, que se ha convertido ya en nuestro particular cuadro pictórico permanente, donde nos dicen que con estos pactaré o no pactaré, o que os prometo el oro (muy patriótico lo de guardarlo en paraísos fiscales) y el moro (poco patriótico si no le das caña y le culpas de todo) en realidad nos quieren decir, con esa medio sonrisilla de listillos que se les pone, que ya os la daremos con queso. Mi consejo particular, alargue todo lo que pueda su estadía en la “Bella Italia”.
    Celebro el seu retorn a aquesta la seva casa i espero que els seus, si no els primers, segur que vostè ja m’entén, sí els següents passos per terres italianes li resultin de tant de gaudi i profit com el que ens ofereix des del seu meritori blog.
    Esperant les seves properes cròniques “peruginas” queda com sempre als seus peus…

    • Responder Rosa María Mateos Ruiz 22 febrero, 2019 a las 10:35 am

      Querido Canijudiensis:

      Visto la que está por caer en España, mejor me quedo. Aquí al menos no tengo televisión y la ignorancia de noticias puede llegar a ser un gran regalo. No obstante, todos los problemas de estado se relativizan cuando uno sale. De los Borbones hablaremos otro día, por aquí se les tiene bastante manía. Gracias por su interacción y no deje usted que la realidad electoral le supere. Un abraccio.

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