Curiosidades de ciencia

Primavera

31 marzo, 2016

Me gusta mucho mostrar una visión positiva de la Ciencia, especialmente cuando acontecimientos devastadores generados por la mano del hombre se tornan, aunque sea levemente, de color verde esperanza. Quizás sea una manera de acallar mi conciencia y buscar ese consuelo que permite a uno dormir mejor. Soy de una generación educada en el remordimiento, para lo bueno y para lo malo.

Algunos amigos me acusan, en más ocasiones de las que quisiera, de carecer de sensibilidad y sentido crítico a la hora de abordar las consecuencias nefastas de la huella de nuestra especie sobre la Tierra. No hay nada de cierto en ello, tan sólo soy una mujer que tiene la deformación profesional de contar el tiempo en millones de años. También es duro bregar con eso, con el convencimiento de que algún día, en un futuro remoto, el paso del género Homo por aquí será tan solo un reflejo en el registro estratigráfico, y el sol seguirá saliendo cada amanecer sin nuestra ególatra presencia. Quizás incluso, esta nueva era denominada ya como el Antropoceno tendrá menos notoriedad geológica de la que pensamos.

En pocos días se cumplirán 30 años de la tragedia de Chernóbil (Ucrania), el mayor accidente nuclear de la historia que dejó un reguero de 200,000 víctimas mortales y condenó a casi 120,000 personas a abandonar sus hogares para siempre. Algo más de 4,200 km2 de terreno (ocho veces el Parque Nacional de Doñana) fueron declarados “zona de exclusión”, donde tan sólo algunos científicos y militares han osado entrar durante las tres últimas décadas. Un equipo de investigadores de Bielorrusia, Reino Unido y Estados Unidos pone de manifiesto la gran proliferación de fauna silvestre en la zona contaminada, que supera con creces a la que existía anteriormente a la hecatombe. Manadas de alces, corzos, ciervos, jabalíes y lobos campan a sus anchas por los terrenos radioactivos, y la diversidad se dispara. Es más, los autores afirman que el número de lobos se ha multiplicado por siete en relación a otras zonas protegidas de la región y nuevas especies han venido a ocupar los espacios que antes eran hostiles para su desarrollo. Indudablemente la radiación no es buena para los animales, pero el alejamiento de los humanos sí. Les compensa.

Estudios similares están siendo llevados a cabo en Fukushima y se observa, con gran sorpresa, cómo el bosque perimetral de coníferas está invadiendo la Zona Cero y los abetos brotan con brío rompiendo el asfalto, colonizando infraestructuras y emergiendo incluso en el interior de los edificios. Es indiscutible que los elementos radioactivos que albergan los suelos han desencadenado mutaciones genéticas en plantas y animales, y que las consecuencias ecológicas han sido terribles en ambas zonas. No obstante, Chernóbil y Fukushima ponen de manifiesto que la vida renace con energía en aquellos lugares liberados de nuestra presión y que el resto de las especies tienen una gran certeza: el ser humano es mucho más peligroso que la radioactividad.

Es sorprendente comprobar cómo la vida se abre camino ante la adversidad y resulta apasionante testimoniar la capacidad de regeneración de la Naturaleza. Con cierta delicadeza y discreción me gustaría trasladar estas mismas reflexiones al ámbito personal y homenajear, de la manera más elegante posible, a unos cuantos amigos que han sido sacudidos por el más brutal de los cataclismos.

Sobrevivir a un hijo no tiene cabida en los esquemas evolutivos; nada puede nombrar el vacío que genera esta ausencia, y no existen palabras para definir el dolor físico y espiritual que penetra en cada célula del organismo de los padres. Como en una explosión nuclear, después de la pérdida de un hijo viene el silencio rotundo de la tristeza, el mutismo de la culpa y la visión de un futuro mutilado. El tiempo no puede curar la pena pero sí reconstruye y repara. A pesar de las mutaciones sufridas, la vida acaba regresando. La falta de un hijo genera un cambio profundo en los padres, una metamorfosis interior que desordena los fundamentos de la propia existencia. En esa zona de exclusión íntima, que se pensaba devastada, acaban germinando renovados sentimientos y actitudes, que ocupan también espacios desconocidos hasta entonces. La durísima experiencia predispone a recibir la vida con mayor generosidad, y a distinguir con claridad las personas y situaciones que realmente merecen la pena. Aunque ellos no lo saben, mis amigos son seres excepcionales; con el alma mocha, como diría la escritora colombiana Bella Ventura, pero auténticos. Mil gracias.

La imagen que me gustaría dejar de esta entrada es la sonrisa de los niños palestinos de la fotografía. En un escenario terrible de desolación de la Franja de Gaza, una tabla sucia y un saco roto bastan para encontrar la felicidad. Siempre hay una primavera después del invierno. Confiemos que con el cambio climático, también.

……A fin de cuentas a todos se nos acaba la eternidad.

 

 Artículo científico de referencia:

T.G. Deryabina, S.V. Kuchmel, L.L. Nagorskaya, T.G. Hinton, J.C. Beasley, A. Lerebours, J.T. Smith (2016). Long-term census data reveal abundant wildlife populations at Chernobyl.  Current Biology. DOI: http://dx.doi.org/10.1016/j.cub.2015.08.017

© Fotografía de Khalid Atif Hasan. Cortesía de la artista Dolores Sampol

 

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11 Comentarios

  • Responder David 1 abril, 2016 a las 6:36 am

    Interesante artículo que merece releerlo… ¡Felicitaciones!

    • Responder Rosa Mateos 1 abril, 2016 a las 7:15 am

      Gracias Maestro. Es una seguridad tenerte siempre ahí

  • Responder QR 1 abril, 2016 a las 7:03 am

    Triste y regenerador relato. Por mi familia pasó Chernobil en 1978, con la muerte de mi hermana (25 años) y Fukushima en 1980 con la de mi sobrino (20 años). Fueron dos estacazos tremendos, especialmente para mi madre y hermana. Ciertamente hay que seguir viviendo y la sonrisa vuelve, pero siempre queda un poso de amargura:
    La vida da y quita proezas
    A veces deja sonrisas,
    A veces muchas tristezas,
    No andemos con prisas
    Y bebamos muchas cervezas

    • Responder Rosa Mateos 1 abril, 2016 a las 7:18 am

      Muchas cervezas y buen vino, que la vida es corta.
      Gracias amigo por regresar con esas quintillas

  • Responder HOMO SAPIENS CANIJUDIENSIS 1 abril, 2016 a las 8:55 am

    Estimada bloguera, ante todo entonar un doble “mea culpa”; en primer lugar reconociendo mi osadía al opinar sobre un tema del que soy poco lego y en el que me pueden más las percepciones y sensaciones que los conocimientos científicos en sí, y por otra parte porque sin duda he sido unos de esos, que espero usted tenga a bien considerar amigos, que le han recriminado ciertas ligerezas a la hora de abordar el espinoso tema del cambio climático. Por cierto, creo que es la primera vez que usted se define y reconoce públicamente la existencia de dicha problemática. Se lo alabo porque estimo que un sano escepticismo nunca debería hacernos nublar nuestro entendimiento.
    Sabíamos de su sensibilidad y maestría a la hora de exponer ideas o conceptos y de relatar sentimientos, tanto propios como ajenos, pero usted consigue en esta entrada hacer una sentida mezcolanza de todo ello. No se entienda ésta como una mezcla extraña y confusa, si no como una narración humanamente científica o científicamente humana, en la que no se reniega de los hechos y sus negativas certezas asociadas, pero que insufla un halo de esperanza por esa capacidad única del ser humano, de la propia naturaleza, de superar todas las adversidades y saber transmutar sus tristes experiencias en hilos de vida por venir. Saber entretejerlos para el disfrute con suma complacencia pero sin displicencia del camino común aún por recorrer será sin duda el reto que a los “hombres” nos quedaría por completar y legar a todos esos “niños” que con sus sonrisas nos piden una oportunidad de futuro.
    Rebi una cordial salutació de un més dels seus fervents seguidors

    • Responder Rosa María Mateos Ruiz 1 abril, 2016 a las 1:34 pm

      Querido amigo,
      ¡Cuántas discusiones sobre el cambio climático hemos tenido!, enriquecedoras siempre. Pero no se lleve a engaño, sigo siendo una escéptica. Lo nombro, si; pero en ningún caso me defino. ¿De qué voy a discutir entonces con usted cuando nos veamos?
      Cualquier tipo de púlpito, los científicos también, siempre me han dado “yuyu”.
      Un abrazo y mil gracias por sus siempre sabios y elevados comentarios.

  • Responder Jose Luis 3 abril, 2016 a las 12:14 pm

    Esta es Rosa Mateos.
    La otra… también!!!!
    Un beso

    • Responder Rosa 3 abril, 2016 a las 5:57 pm

      ¿Cómo será “la otra”? No, no me lo digas…..
      Gracias JL por tu fidelidad y entusiasmo. Maestro también de la vida.
      Un beso

      • Responder Jose Luis 3 abril, 2016 a las 9:08 pm

        Te lo digo encantado.
        “La otra” y todas las que yo conozco…… Fantasticas!!!!

  • Responder carme 4 abril, 2016 a las 5:08 pm

    Rosa, yo he visto correr y jugar entre risas a los chiquillos de los campamentos de refugiados del Sàhara. Nuestro cerebro se defiende de las adversidades, tiende archivar en el cajón “olvido” los peores recuerdos y busca emociones a las que agarrarse cuando las cosas van muy mal. Incluso nos mentimos en la medida de nuestras necesidades. Un asunto de supervivencia.
    Pero qué interesante es todo cuanto tiene que ver con nuestras estrategias vitales.
    Te sigo. Un besazo.

    • Responder Rosa 25 mayo, 2016 a las 2:59 pm

      Gracias Carmen.
      Si, me consta que en Tinduf los chiquillos también encuentran la felicidad. En el fondo está en nosotros mucho más de lo que pensamos.
      Ha sido un lujo tenerte por aquí.
      Rosita

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