Mini relato de la semana

Miopes

16 septiembre, 2020
Miopes

Confieso que fui una miope recalcitrante, una de esas cegatonas quevedianas que vivía en una realidad inventada de personajes difuminados y paisajes reconstruidos. Me operé tras verme en una difícil situación: se me rompieron las gafas en lo alto de un cerro, mientras buscaba indicios de un mar pretérito, y no fui capaz de regresar a casa. Desde el momento que aquel cirujano me irradió con su espada láser, no he vuelto a ser la misma. Ahora ando orbitando por una galaxia de detalles que antes –felizmente- me pasaban inadvertidos.

         Guardo muchas anécdotas de esa larga etapa como pez de los fondos abisales. Las de la playa son un clásico. Entrar al agua es fácil, pero al salir te la juegas a la ruleta rusa. ¿Para dónde tiro? Yo entonces pegaba la hebra con cualquiera, hasta que me daba cuenta que ni era mi sombrilla ni mi familia. No reconocía ni a mis propios hijos. Regañaba a cualquier pelirrojo que estuviera haciendo el cafre en la orilla, por si acaso.

Ser cegato es además muy arriesgado. En la ducha, buscas los botes a tientas y puedes poner cualquier cosa sobre la esponja. En una ocasión me eché un líquido en la cabeza que tenía mi compañera de piso para domeñar su pelo afro. Aquel mejunje se me coló en el ADN y anduve una larga temporada con el cabello como si me hubiera lamido una vaca. Aún nos reímos de aquello.

He protagonizado también situaciones bochornosas. Una tarde me levanté a ciegas de la siesta y vi a un señor agachado bajo el fregadero. Me dirigí a la cocina para darle una sonora palmada en el culo, con pellizco incluido. No, no era mi santo, sino un fontanero que vivía dos calles más arriba. El buen hombre me retiró el saludo para siempre.

Ahora bien, la miope más divertida que he conocido fue mi amiga Mariajo, la estrella de la gimnasia escolar. Era flexible como un junco y liviana como una pluma, pero no veía tres en un burro. Mariajo hacía las volteretas con una sola mano mientras se sujetaba las gafas con la otra. En las exhibiciones se liberaba de las lentes de culo de vaso y emprendía una ristra de saltos, pinos, volteretas y giros perfectos, hasta que se salía del tatami para chocar contra las espalderas. La seño le decía: Mariajo, cinco piruetas y paras. Pero ella era un verso libre, y salía a la plaza como un novillo desbocado.

Durante años mantuve el acto reflejo de buscar las gafas en la mesita de noche, como primer gesto del día. En cierto modo palpaba mi seductora existencia, porque tenía una mirada tan interesante como la de Greta Garbo y Marilyn Monroe, ambas también de corta vista. El láser desintegró mi sex appeal para dejarme perdida en un mundo demasiado real, sin glamour y carente de comedia.

Fotografía: @ko-mon

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9 Comments

  • Reply Alejandro 17 septiembre, 2020 at 9:20 pm

    no puedo parar de reir

  • Reply Antonio Parrilla Muñoz 18 septiembre, 2020 at 10:07 am

    Por favor, Rosa ; no dejes de alegrarnos el día a día, la semana a semana o cuando tú tiempo te lo permita. El mundo está algo miope, por no decir más cegato que un gato de cartón; miope y tan triste como un pingüino en el polo. Tus escritos, tan geniales y alegres nos avivan el espíritu y nos abren la ventana de la alegría , tan necesaria para estos tiempos tan caóticos y “envirados ”. Como nos presentas la valiente actuación de esta gimnasta de grácil figura a la que las lentes le aportan un toque de traviesa y avispada .
    Que bonito escribes, Rosita.

    • Reply Rosa María Mateos 18 septiembre, 2020 at 1:48 pm

      Tienes razón, Antonio. Qué falta nos hace la risa y el humor. Todo son desgracias a nuestro alrededor y este virus nos ha metido a todos en un agujero negro con gravedad propia. El humor es siempre un escape y deberíamos reírnos todos los días por algo, y si es de uno mismo, mejor. Gracias, amigo.

  • Reply Pedro Javier Conesa Dávila 19 septiembre, 2020 at 8:34 pm

    Es lo que tiene el láser, que lo iguala todo, para bien o para mal. Me parto de risa mientras escribo esto, por cierto. Por el tono general, y por lo del fontanero.
    Recuerdo, al hilo de eso, una anécdota que ocurrió en algún lugar de Madrid, hace ya muchos años, muy parecida a la tuya. Pero en aquella ocasión la interfecta no dio una palmada, sino que agarró desde atrás “lo-que-ya-sabes” (bien agarrado, por cierto), al tiempo que decía algo así como “¡Olé mi hombre!” La señora en cuestión pensaba que su marido, por fin, se había decidido a arreglar el desagüe, pero lo que había hecho era llamar al fontanero para que lo arreglara. La cosa acabó con el fregadero roto del cabezazo (era de loza, no metálico), la cabeza del fontanero rota por el fregadero (afortunadamente para él, lo apañaron con media docena de puntos) y una vista por lesiones y no sé cuántas mas cosas en el juzgado que acabó en una indemnización, ignoro su cuantía.
    Yo, de momento, sigo aferrado a mis gafas. Por si acaso.
    Excelente relato. No puedo decir más (ni menos)

    • Reply Rosa María Mateos Ruiz 20 septiembre, 2020 at 11:48 am

      Ja, ja, ja. Qué bueno lo del litigio del fontanero. Yo tuve más suerte, menos mal que me contuve. Hay que aferrarse a las gafas, amigo Pedro, no las sueltes por nada del mundo. Un abrazo.

  • Reply HOMO SAPIENS "CANIJUDIENSIS" 20 septiembre, 2020 at 9:35 pm

    Estimada Rosa María, lo consigue usted una vez más, desternillantes sus aventuras de miope recalcitrante.
    Lo de no reconocer ni a sus propios hijos como excusa no está mal pero me barrunto yo que una vez acostumbrada a los sofocones por la momentánea desubicación de sus queridos vástagos, dichos momentos de angustia pasaron a ser de bendita y relajada “pérdida de vista” de la custodia y entretenimiento de la prole, cosa que de muy buen agrado se ocuparían los buenos samaritanos playeros de turno. ¿Verdad? ¡Para que luego digan que no queda buena gente por el mundo!
    Lo que sí resulta del todo imperdonable es confundir las magras posaderas del esforzado fontanero con las seguro que apolíneas formas de las de su santo de usted. ¡Ya le vale!
    Gràcies per compartir les seves divertides anècdotes.

    • Reply Rosa María Mateos Ruiz 21 septiembre, 2020 at 12:03 pm

      Le doy toda la razón, para qué nos vamos a engañar. Perder de vista algo puede ser un enorme relax, de ahí las bendiciones de ser cegatón. Respecto a las posaderas masculinas, pienso que hay poco variedad, en este sentido la Naturaleza reparte por igual al género masculino. Poco y escaso. Gracias mil por sus anotaciones y coincido que hay muy buena gente por el mundo. Una abraçada.

  • Reply Benito 22 septiembre, 2020 at 6:31 pm

    Una vez más por alusiones.
    Cierto que al fontanero no volvimos a verle el pelo… ni el trasero.
    Tengo que confesar que aquella impulsiva anécdota chafó la más atrevida de mis fantasías amatorias.
    Quién me iba a decir, yo que siempre había soñado protagonizar con mi querida mujercita una tórrida escena de pasión conyugal en la cocina al más puro estilo “El cartero siempre llama dos veces”, que su concepto de arrebatadora atracción sexual, en tan incomparable escenario, se habría de reducir a unos burdos cachetazos y pellizcos de monja en las posaderas.
    ¡Qué odiosas las comparaciones!
    No voy a afirmar que nuestras fogosas relaciones maritales llegaran a resentirse mucho más de lo que ya lo estaban, pero sí que perdimos la oportunidad de tener el bello recuerdo de nuestra primera vez… enharinados en la cocina.
    No me canso de repetirlo, ésta es su rara “habilis” de hacerse querer.
    Besitos

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