Literatura

La Sirena y el Payés

21 mayo, 2017

En su primera visita no quiso tomar nada. Paseamos la timidez entre los almendros y le hice unos pendientes con los sarmientos de la viña. Ella comprendió que yo era hombre terrenal y de agua dulce, algo así como una caverna subterránea que acaba por recibir la fortuna de la lluvia. Le expliqué que vivo a la misma velocidad que crece una estalactita y no conozco las prisas. Los payeses seguimos el ritmo de la estaciones y nos movemos al compás de la meteorología. Siempre ha sido así. Nuestro reloj interno se pone en marcha cuando aparecen las primeras heladas, y se acelera con la apertura de las yemas y los brotes de las cepas. Seguimos un ciclo natural que empieza con la poda invernal de la parra y finaliza en los albores del otoño, con el vino en las barricas. A partir de ahí, el tiempo adquiere su verdadero valor atrapado entre la madera, cuando el proceso de fermentación se adueña por completo del jugo de la uva. Todo eso le expliqué en nuestra primera cita, durante uno de esos atardeceres rojos que nos regala el principio de verano, en la época que se recogen los albaricoques.

En nuestro segundo encuentro descorché una botella de Monastrell del 98, que guardaba para alguna ocasión especial. El rosado nos dejó un beso suave de terciopelo azul y desabrochó el primer botón de su blusa. Pude ver los restos de sal sobre su escote y las escamas plateadas en el hueco de su cuello. Así fue como descubrí que era una criatura marina. Ella percibió mi mirada de sorpresa, y se hizo la loca; quiso engañarme con historias de cuentista ilustrada: largos viajes por países exóticos, amores de ficción y relatos sobre tierras lejanas. Pero un payés conoce muy bien los frutos que da la tierra, y no tuve la menor duda de que ella no tenía raíces en este mundo de rocas y estratos.

Puesto que era medio pez, pensé que un Prensal Blanco vendría muy bien para la tercera cita. Ella también sabe a manzanas verdes con toques de frutas silvestres. Esta vez venía menos habladora y algo melancólica. Respeté su silencio. Esa noche se acurrucó bajo mi manta y las montañas de la sierra se colaron por la ventana. Me dejó una estela de algas en el dormitorio y, lo juro por mi vida, que la vi al amanecer nadando entre los racimos. Ya no había incertidumbre alguna: la mujer de mis pensamientos era una sirena.

No apareció ni dio señales de vida durante la vendimia. Me consta que no le gustan los trasiegos y el alboroto, en la mar hay mucho más espacio para la soledad. Llegaron braceros de aquí y allá, y los caminos se llenaron de gentes y de tractores cargados con la uva. Colgué la rama fresca de pino en el dintel de mi puerta y reservé para ella una botella con el primer mosto, recién salido de la prensa. Cuando ya había llenado todas las cubas, y estaba a punto de tomarme un descanso, llegó una postal suya desde Lisboa. Me escribía un fado marinero con letra de medusa, y decía que me añoraba.

Apareció unas semanas más tarde, con un vestido largo de flecos de posidonia y la sonrisa de la reina de los mares. Le prometí que construiría para ella un refugio de coral entre mis dos olivos centenarios, y el Raiguer volvería a ser un mar sólo para ella. Pero todo el mundo sabe que las sirenas viajan sin descanso, cruzando océanos, y que su único hogar es el vaivén de las olas. Esta vez me dejó una caracola de nácar bajo la almohada, y se llevó un par de botellas de Manto Negro para los marineros del puerto. Eso fue lo que me dijo; sin especificar lugar, ni puerto.

Pasé el invierno intentando olvidar de nuevo su ausencia, y me afané en las labores del campo. Quería llenar los minutos de espera con la fuerza de mis brazos. Así que preparé la tierra con mimo, podé la viña, coloqué los riegos, monté las espalderas … y dejé todo listo para el nacimiento de los primeros brotes. Alguna tarde llegaba la brisa lejana del mar y tenía que esconderme entre las historias que cuentan los libros para olvidar. Esta vez la postal llegó de Cádiz, concretamente del Barrio de la Viña; las sirenas tienen un humor taimado, fino e inteligente. Entre líneas entendí que volvería pasados los Carnavales. La imaginé disfrazada de Tetis, la diosa griega de las aguas, con una peineta cubierta de claveles.

Regresó de nuevo para la floración de los almendros, cuando ya me había acostumbrado a no mirar el camino. Había un manto de nieve en el Puig Major y algo de escarcha en la hierba del patio. Le ofrecí una copa de Moscatel para que entrara en calor. Una vez, los pescadores del puerto me contaron que las sirenas no soportan el frío. Según ellos, nunca sobrepasan el paralelo 40º y jamás se les ha visto más al norte de las costas de Menorca. Dicen también que al Mediterráneo tan sólo llegan las más osadas; salvar las fuertes corrientes del Estrecho no está al alcance de cualquier sirena. Sin duda alguna la mía, resuelta donde las haya, aprovecha el impulso de los grandes bancos de atún para entrar y salir a su antojo. Es una mujer con agallas, nunca mejor dicho. Esa noche el vino dulce nos arrimó de nuevo, y dejó un buqué de miel y pasas sobre las sábanas.

La bodega iba menguando día a día, mientras que los brotes maduraban en la viña y los sarmientos se extendían por las espalderas. Con la última botella de Callet comenzó a soltar escamas por toda a casa, como si quisiera marcar el territorio. Iba y venía sin calendario, sin ataduras, porque hay que entender que en el agua no hay fronteras ni pasaportes, ni amos ni señores. Por suerte para mí, sus ausencias empezaron a ser cada vez menos frecuentes y sus zambullidas en mi lecho cada vez más abundantes. Una mañana le hice un hueco en el armario y llené la alberca con peces de colores.

Con el paso de los días, se fue acostumbrando poco a poco a esta tierra de cal y arcilla, y encontró una ensenada bajo el almez donde recalar. Por las tarde, la veía lanzarse por el brocal del pozo para hacerse unos largos por el subsuelo. Había encontrado un camino subterráneo para llegar hasta la mar, entre los vericuetos del acuífero. A veces reaparecía por cualquier otro pozo de los alrededores. Al cabo de unos meses, su presencia en la comarca se hizo notoria y fue aceptada por todos como una señal de buena suerte. Ese año había llovido lo suficiente, la uva estaba engordando y la cosecha sería generosa. Como si de una diosa de la fortuna se tratara, los vecinos empezaron a visitarnos con pequeñas ofrendas. Llegaban canturreando una antigua canción popular que se extendió, como la espuma del mar, por las viñas de toda la comarca:

“En la cima de la montaña vive un payés

En el fondo de la mar, una sirena

Él canta en las mañanas que brilla el sol

Ella canta en las noches de luna llena”*

La cosecha de aquel año queda en los anales de la historia. No sólo fue grandiosa en cantidad, sino de una calidad magnífica. Todas las variedades de uva superaron los límites de la excelencia. Los payeses no cabían de felicidad y  la isla al completo se unió a la Fiesta de la Vendimia. Poco después, cuando ya no quedaba ni una sola hoja en el emparrado, me anunció con un murmullo que esperaba un hijo marino. Enseguida busqué un Gran Reserva para celebrarlo y brindamos por nuestro caballito de mar. Las curvas de mi sirena se volvieron cada vez más prominentes y su belleza eclosionó con la llegada de la primavera. Por San Bartolomé dio a luz una preciosa estrella de cinco puntas, más bonita que la flor de la alcaparra y del mismo color púrpura de mis uvas cuando maduran.

Mi historia es la de Ulises, pero al revés. Al contrario que en la Odisea de Homero, yo me he dejado vencer por el canto de la sirena sin oponer resistencia. Es un arrullo de felicidad que se pierden los héroes y los dioses. Como tantas otras cosas.

 

Relato ganador del Primer concurso  de relatos “Temps de vins. Una aventura de maridajes literarios, 2017″.  Fundació Casa Museu Llorenç Villalonga.

 

 

* Adaptación del poema “L´Empordà”, de Joan Maragall.

Fotografía entrada: “El beso” de Gustav Klimt.

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7 Comentarios

  • Responder José Antonio 21 mayo, 2017 a las 6:58 pm

    No me extraña que te hayan dado el premio. También en castellano suena de maravilla. No importa el idioma cuando la música soporta el relato y las emociones lo alimentan.

  • Responder HOMO SAPIENS "CANIJUDIENSIS" 21 mayo, 2017 a las 7:51 pm

    Estimada globera ya empezaba a añorarla, pero la espera ha merecido la pena. Siempre he barruntado que su pluma no dejaría de sorprendernos y he aquí que nos regala este hermoso relato de ¨mágico realismo amoroso”. Afortunadas las personas en las que se haya inspirado para protagonizar su relato. Por una vez me voy a permitir ser un poco envidiosillo…
    “En su primera visita no quiso tomar nada. Paseamos la timidez entre los almendros y le hice unos pendientes con los sarmientos de la viña.”
    “El rosado nos dejó un beso suave de terciopelo azul y desabrochó el primer botón de su blusa. Pude ver los restos de sal sobre su escote y las escamas plateadas en el hueco de su cuello.”
    “Por suerte para mí, sus ausencias empezaron a ser cada vez menos frecuentes y sus zambullidas en mi lecho cada vez más abundantes.”
    Lo de la estrellita de mar se veía venir.
    He leído las dos versiones de su relato, en catalán y castellano, y desde mis humildes conocimientos lingüísticos de ambas, me atrevo a elucubrar que su historia ha surgido de sus entrañas andaluzas en parte enraizadas en tierras mallorquinas, la ha escrito con el corazón su rica y diestra pluma castellana y después las circunstancias particulares de la ocasión nos han brindado la oportunidad de poder disfrutar de su transcripción a la lengua catalana.
    Mi más sincera enhorabuena, no por el premio literario en sí, que también, si no por su capacidad de crear historias tan frescas, hermosas y sinceras.
    No em queda més remei que seguir sent un dels seus més devots i fidels seguidors.

    • Responder Rosa María Mateos Ruiz 21 mayo, 2017 a las 8:56 pm

      Gracias Canijudienis!!!! Tenía pendiente un homenaje a Mallorca. No obstante, la sirena lleva una peineta de claveles. He ahí la dualidad.
      Por cierto, cuando era pequeña nos hacíamos pendientes con los zarcillos de la viña, que de ahí viene el nombre andaluz que se le da a los pendientes.
      Mira este cante del Camarón:

      Ahi viene mi Soleá
      con su bata de lunares
      el pelito echao p’atras
      y zarcillo de corales

      Lo de la estrellita de mar……..estaba “cantao”.
      Un abrazo

  • Responder Rosa María Mateos Ruiz 21 mayo, 2017 a las 8:20 pm

    Gracias Jose Antonio. El payés sabe esperar el buen hombre y se gana a la sirena. En la entrega del premio lo leyó una amiga que tiene una voz preciosa, y también cantó la cancioncilla. Música y emociones, como bien dices. Un abrazo,

  • Responder La cuñá 22 mayo, 2017 a las 8:57 pm

    Rosita, me tienes asombrada. Además entiendes de vinos y de cantos de sirena. Yo quiero ser como tú cuando vuelva a ser pequeña.
    Enhorabuena y aplaudo a ese jurado por saber a quién premia.
    Besos y pronto nos vemos saboreando unos buenos vinos y un buen jamón…y del cante y el baile!!!!!que no faltará de nada. Ojalá nos acompañe una sirena y derrame sus abundancia sobre los novios, sobre todo de cariño y ternura como tú payes y tú sirena del cuento.

    • Responder Rosa 23 mayo, 2017 a las 9:17 am

      Bueno, de vinos no entiendo mucho; como casi de nada. Pero ahí está la labor investigadora.
      Muchas ganas de esa fiesta y de pasarlo en grande con vosotros. La sirena va a estar maravillosa ese día.
      El payés, ya sabes que es un puesto reservado a Ramón y a su cuñado el encuadernador. Muy terrenales ambos, que viven a su ritmo.

  • Responder BENITO 26 mayo, 2017 a las 7:04 pm

    Hola a todos,
    Con todo este asunto del blog de mi querida he procurado mantenerme siempre lo más aséptico y distante posible.
    La última vez que me salté esta sabia actitud salí bastante escaldado, véanse los comentarios de la entrada “Humor otoñal”.
    Pero como el hombre es el único animal capaz de tropezar dos veces en la misma piedra, y porque la ocasión creo que lo merece, me atrevo a sumergirme de nuevo en éstas procelosas aguas…
    Lo primero me voy a permitir presumir y felicitar a mi mujercita por el último y merecidísimo premio que le ha sido concedido por su relato “La sirena y el payés”: Gracias a la mezcla de las esencias de los protagonistas, ha conseguido un maridaje de sensaciones y aromas sencillos que van dejando poco a poco en el paladar del atento y apasionado lector un bouquet más profundo y complejo; definitivamente bello.
    Como ya ha comentado un buen amigo: lo de la estrellita de mar se veía venir…
    En casa estamos todos muy contentos por los éxitos literarios de nuestra madre y mujer (sí, las dos cosas a la vez…); pues la cada vez mayor dedicación a sus asuntos literarios nos proporciona a su vez a los demás mayores cotas de libertad e independencia en el hogar. Nos permite a cada uno, como vulgarmente se dice, “campar por sus respetos”.
    Aunque también hemos notado que dada su facilidad para convocar a sus musas, los ratitos “toque de queda” y “silencio total” van en aumento y esto ya no es tan guay, no.
    Razón tenía el bueno de Machín con su dilema: ¿Es o no es imposible querer a las dos?
    Mami, nosotros lo tenemos claro: Te queremos.
    Besitos.

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