Mini relato de la semana

La cena de Janko

3 noviembre, 2017

Las dos manifestaciones se abrían camino por los bulevares, avanzando una en sentido contrario de la otra. Cada uno llevaba una bandera, supuestamente de patrias irreconciliables, pero tejidas por las mismas manos en algún recóndito taller de la China. Se reconocieron a primera vista, a pesar de los pelos de menos en él y los kilos de más en ella. Veintitrés años desde su último encuentro, cuando las diferencias desaparecían entonces a base de furtivos besos y caricias por los pasillos de la Universidad.

Ella se había divorciado de un guapo marido que vendía casas y almas. La dejó limpia en todos los sentidos, y con una soledad liberadora. La separación de él era más reciente; ya no podía aguantar más el olor a lejía de una casa tan barrida, y el cajón con los calzoncillos alineados por colores. Entre los dos juntaban tres hijos, dos gatos, un perro, y largos meses de sobriedad.

Los ojos de la Carme no habían perdido la chispa de la juventud y la cabeza pelona de Juan le daba un aire de señor más tierno y vulnerable.  En el café hablaron de política, como no podía ser de otra manera, repitiendo cada uno los consabidos argumentos de panfleto, pero sin la mínima intención de dialogar. Contra todo pronóstico, pactaron debajo de la mesa haciendo un nudo apretado de piernas y manos. Se sabían todas las leyes del arte de amar y ese lenguaje común que no necesita de ordenación jurídica. La casa de él estaba limpia como una patena, con los libros en la estantería ordenados alfabéticamente por autores. Ella no perdió la ocasión de meterle el dedo en el ojo. Hubiera sido una magnífica parlamentaria.

Durante la noche Janko, el perro de Juan, la emprendió con las dos banderas como castigo a su abandono en la terraza. En el dormitorio se estaba librando mientras una batalla campal entre las sábanas. Ganaron las dos patrias, tras una declaración bilateral de dependencia.

En un receso para tomar aire Juan le dijo:

Te recuerdo que tengo ocho apellidos gaditanos.

Pues qué bien aprovechaditos, mare meva. Le contestó la secesionista.

Quedaron sin falta para las contramanifestaciones del sábado siguiente. Ambos estaban dispuestos a abandonar la lucha….. contra las tentaciones.

 

© Fotografía: Imogen Cunningham (1957)

2 Comentarios

  • Responder Antonio Parrilla Muñoz 8 noviembre, 2017 a las 5:18 pm

    Me ha encantao el parlamento bajo la mesa, ta quedao de escándalo, Rosa.
    El relato tan real como la vida misma, escueto como manda la partitura, pero tan sencillo y normal como manda la sangre!! Leche que “magustao”
    Un abrazo!!

    • Responder Rosa María Mateos Ruiz 8 noviembre, 2017 a las 8:21 pm

      Gracias Antonio.
      Es otra línea a la acostumbrada; pero ahora estoy experimentando con el relato corto algo más literario. No obstante, el espíritu de laletradelaciencia seguirá.
      Un abrazo

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