Literatura

Cinema Paradiso

28 febrero, 2019

Mi nuevo barrio es un entramado de oscuras callejuelas medievales que retienen la suciedad propia de lo viejo. Por cualquier rincón asoman los sillares etruscos y los cimientos romanos, donde se acopla lo posterior como un alegato a la línea invisible del tiempo. 2700 años de historia recogidos en un laberinto de escalones a dos pasos, plazoletas sin salida, recovecos con Madonnas y arcos altivos a diferentes alturas que te sobrevuelan la cabeza en todas las direcciones. En este enmarañado urbanismo se hacen imposibles dos tareas: orientarse y echar culo. Uno asciende al Duomo en escalada y desciende en caída libre, sin tener ni puñetera idea de cómo lo ha conseguido.

La globalización también ha llegado al corazón de la vieja Italia. Por doquier proliferan pequeños restaurantes de la gastronomía internacional, así como locales de plástico con luces de colores. Pero aún perduran algunos negocios añejos dignos de mención. El primero es la zapatería que tengo junto al portal, donde siguen fabricando zapatos a la antigua usanza. Uno puede elegir las suelas y las pieles de un muestrario que cuelga como murciélagos del techo de una cueva. En este local, por no pasar ni pasó la guerra; las máquinas Singer de los zapateros conservan la misma mugre que cuando el pérfido de Mussolini partió de esta ciudad en su Marcha para Roma.

En una de las calles verticales que trepan a la colina está el negocio de Geppetto. Mi vecino es igualito que el carpintero de Pinocho, pero con menos pelo y más labia. Geppetto ejerce el oficio de «arreglador»: lo mismo le coloca la pata a un mueble, que repara una bicicleta o pega una dentadura postiza. En esta cultura de usar y tirar, su mera existencia me parece un milagro.  Le llevé el otro día una moderna máquina de café que me dejó el casero como si fuera el tesoro de Moctezuma. Me la cargué en un arrebato de cafeína y la muy ladina dejó de tragarse las cápsulas. Mientras trajinaba con las tripas de la máquina, Geppetto me contó de sus amoríos juveniles con una ragazza de Zaragoza. Llegó a casarse con ella, pero la mañica le abandonó a los pocos meses de la boda. Visto el caótico estado de su taller no me sorprendió que mi compatriota tomara las de Villadiego.

Molto brave le donne spagnole— me dijo.

—Sí, muy bravas, pero las de Zaragoza más—le contesté.

Entre todos los rancios negocios del barrio, mi favorito es el Cinema communale; una casa recóndita que tiene habilitada una pequeña sala de cine donde se estrenan películas de autor. En el vestíbulo te recibe una señora en zapatillas con un mostrador improvisado donde vende las entradas. El precio lo pone ella a su libre albedrío, y según se encuentre de ánimo.

—¿De dónde es la señora?

—De España.

—Pues son cinco euros.

Al grupo de jóvenes americanos que entró poco antes les cobró siete euros. Los muchachos estaban quemando los móviles con los pulgares y ni siquiera saludaron a la cinematógrafa. Me encanta la diferencia que marcan los italianos entre el valor y el precio; algo que llevan también en los genes. La película era un documental versionado sobre la vida y la obra de Leonardo da Vinci. Los jovenzuelos de Arkansas se durmieron plácidamente a los quince minutos. Es cierto que la juventud persigue sus sueños, pero algunos lo hacen de manera literal. En este caso les comprendí, porque la obra era un pestiñazo de tal calibre que ni los «tardoni» (maduritos) fuimos capaces de aguantar hasta el final.

Otro vestigio bien interesante de Perugia es la conservación de grandes paneles con los avisos funerarios del día. Los hay en todos los rincones de la ciudad y en los lugares más visibles. Me cuentan que es una manera de darse boato después de muerto: en cuantos más paneles aparezca tu esquela, y más grande sea el cartel, más importante fue tu persona. Aquí uno se muere tirando la casa por la ventana y proclamándolo a los cuatro vientos. Ya los etruscos consideraban la muerte como el acto más importante de la vida.

Pero quizás lo más interesante de la ciudad vieja sea su ambiente universitario. Por el barrio circulan jovenzuelos de todas las nacionalidades y cada palazzo acoge una sede académica, una biblioteca o una sala de conferencias. Destacan en número los estudiantes asiáticos, y los chinos en particular. Me consta que algunos ERASMUS les evitan, porque los orientales son muy correctos y disciplinados, y aún conocen el significado de la palabra «sacrificio». Los jóvenes chinos vienen a estudiar la cultura clásica occidental y se matriculan en las especialidades de griego y latín. Les he visto tragarse una conferencia entera sobre la obra de Sófocles ¡tomando apuntes! «Estudia el pasado si quieres definir el futuro», decía Confucio.

Cierro esta crónica con mi trabajo, la razón por la que vine. Lo que más me gusta de la jornada es la hora de la comida. Mis compañeros extienden un precioso mantel rojo sobre la mesa de reuniones que invita a compartir las viandas. La comida es tan saludable que voy a volver a España hecha un figurín: legumbres, ensaladas, berenjenas, pasta con pesto, polenta, quesos magros, y un largo etcétera de sanos manjares. Al principio pensé que estaban a dieta pero no, comen como la Preysler todos los santos días. Ahora bien, a principios de febrero traje medio kilo de jamón español y se lanzaron como posesos a por el colesterol.

Los muy bribones aprovechan el piscolabis para tomarme el pelo y reírse de mi italiano, que va progresando gracias a los beneficios de la fibra vegetal y los carbohidratos. La lengua debe fluir con alegría como la sangre por las arterias. A los españoles nos imitan hablando con muchas “eses” y exagerando los plurales «ssssssss». Les he amenazado con traerles a un granadino auténtico como venganza. También piensan que todos los españoles somos unos fiesteros y se empeñan que les de clases de flamenco al terminar la jornada, como si una fuera la Lola Flores de la ciencia española.

Entre todo este trajín procuro comportarme como los chinos, no vayan a colgar ese cartel lapidario cuando me vaya de: ¡tanta gloria llevas como descanso dejas!

 

Imagen: detalle de Madonna de Il Perugino, el maestro de Rafaello

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14 Comentarios

  • Responder PEDRO SÁNCHEZ GÓMEZ 28 febrero, 2019 a las 5:02 pm

    Un 10.

  • Responder Antonio Rafael Parrilla Muñoz 28 febrero, 2019 a las 5:22 pm

    Querida amiga: Comienzo por tu final y digo que en lugar de poner eses letrero, deberían de pagarte por las clases de humanidad y personalidad que tienen la dicha de compartir en ese estupendo lugar que nos dibujas con tanta gracia y precisión. He pasado un ratico estupendo pues ya tenia mono de tu buen y agudo humor.
    ” —Molto brave le donne spagnole— me dijo.” Y añado que, el “perussino” ( si se dice así he acertado y si no, pues les he bautizado de nuevo, ja ja já) no iba muy descaminado, ya te digo !!.
    Me encanta comprobar que nos diferenciamos poco de los italianos, no en balde somos una hermosa mezcla de tartesios/griegos/etruscos/ latinos y la madre que nos parió.
    Finalmente un ruego; no te dediques solamente al ERASMUS , pues se te extraña y tus escritos mucho más, no los dilates demasiado.
    Un abrazo y hasta pronto, amiga.

    • Responder Rosa María Mateos Ruiz 28 febrero, 2019 a las 10:26 pm

      Gracias Antonio. Los peruginos son geniales. Aunque tu gentilicio inventado tiene buenas raíces, porque la ciudad romana era Perusa. Volveré, con un tipito divino y más sabiduría. No me pierdo una. Un abrazo, poeta.

  • Responder HOMO SAPIENS "CANIJUDIENSIS" 1 marzo, 2019 a las 7:17 pm

    Estimada bloguera, encantadoras sus nuevas “crónicas peruginas” de Perusa.

    Si me lo permite, solo tres breves reseñas a su entrada. Sí, breves, usted me perdonará que no siempre esté uno con la inspiración que sus relatos se merecen.

    Fantástico el Cinema communale, por su encomiable labor cinéfila y su peculiar discriminación por razón de ánimo y libre albedrío; pero me temo que como no mejore la cartelera, “la signora in pantofole” tendrá que ser más laxa en su particular “derecho remunerado de admisión”.

    Muy inquietante la consideración de los etruscos sobre la muerte como el acto más importante de la vida. ¡Qué paradoja! No sé si nuestro gran filósofo Don Miguel de Unamuno tendría esta teoría en la cabeza cuando escribió Del sentimiento trágico de la vida. Por más colisión entre pensamiento científico y moral religiosa para dar un sentido a la vida, por más que el hombre se desespere, basándose en una actitud de incertidumbre, en luchar de forma vitalista frente al antagonismo irreconciliable entre el corazón y la razón, la verdad es que los etruscos lo clavaron: ¡tanta gloria llevas como descanso dejas!

    Lo del jamón de pata negra nunca falla, parafraseando el verso “Don dinero” de Rafael Alberti, magistralmente musicado por el inefable Paco Ibañez…

    Hace mucho el jamón, mucho se le ha de amar
    Al torpe hace discreto y hombre de respetar
    Hace correr al cojo y al mudo le hace hablar
    Quién no probó el jamón no es de sí señor.
    Y si tienes jamón tendrás consolación
    Placeres y alegrías y al Papa darás ración
    Comprarás así paraíso, ganarás la salvación
    Donde hay mucho jamón hay mucha bendición.

    Reiterant les meves disculpes per la brevetat, mal entesa, queda novament als seus peus …

  • Responder Rosa María Mateos Ruiz 1 marzo, 2019 a las 10:40 pm

    El jamón es siempre una apuesta segura. Desconocía los versos, así que gracias por la aportación.
    Este fin de semana ponen la de Queen en el Cinema Communale. No me la pierdo de nuevo. A ver qué me cobra esta vez la signora, porque me llevo a la tropa de adolescentes al completo. Freddy Mercury en italiano debe estar increíble.
    Gracias Homo, y un abrazo.

  • Responder Margarida Valverde 4 marzo, 2019 a las 10:07 pm

    Me encantan tus escritos. Muchas gracias. Un abrazo.

    • Responder Rosa María Mateos Ruiz 5 marzo, 2019 a las 9:52 am

      Gracias Margarida. Y a mi me gustan tus respuestas. Siempre positivas, siempre de ánimo. GRAZIE.

  • Responder Antonio Azcón 6 marzo, 2019 a las 9:45 am

    Querida amiga: Una vez más, una delicia de relato.
    Decía Oscar Wilde que un libro que no merece una segunda lectura posiblemente no haya merecido la primera. Yo ya he cumplido esa premisa con esta entrega, y no descarto una tercera lectura, que seguro que descubro algo nuevo y, en todo caso, perfeccionaré mi forma de narrar.
    Detecto por tu escrito lo mucho en común que tenemos con los italiano. Es más, creo que ellos llegan mucho más lejos que nosotros en esos “supuestos” defectos que aquejan a los mediterráneos. Una vez una chica italiana me espetó que los españoles éramos los “alemanes del sur” en referencia a nuestra cerrazón ibérica, que desbordaba su laxitud, sus tragaderas, a la hora de pechar con los problemas del día a día.
    Un fuerte abrazo, Rosa.

    • Responder Rosa María Mateos Ruiz 7 marzo, 2019 a las 12:01 pm

      Querido Antonio:
      Es cierto nuestras afinidades de los italianos, es como si españoles/italianos fuéramos Rómulo y Remo amamantando de la misma loba. Nuestros defectos también son comunes: esa tendencia a la improvisación, a la exageración, a la amistad.
      Gracias por esa maravillosa frase de Oscar Wilde que me la tomo como un gran piropo.
      Un fuerte abrazo a mi “mañico” favorito.

  • Responder Ramón Aragón 6 marzo, 2019 a las 6:03 pm

    Querida Rosa, comparto plenamente tu pasión por Italia, que con un modo tan bello e ilustrado describes en tus dos últimos escritos. Realmente es un país para vivirlo y saborearlo con tiempo, como tú has tenido ocasión de hacerlo.
    Como me encanta la manera de reflejar por escrito tus sensaciones, para mí sería un placer que visitaras (si es que no lo has hecho ya) Nápoles – una de mis ciudades favoritas de Italia-, y escribieras sobre ella, porque estoy seguro de que tu relato me incitaría a visitarla de nuevo y. como dice Pérez Reverte en un artículo reciente , le sacaría mucho más provecho al viaje posterior a una buena lectura.
    Un abrazo muy fuerte

    • Responder Rosa María Mateos Ruiz 7 marzo, 2019 a las 12:06 pm

      Querido Ramón:
      Cierto. Italia es un país para saborearlo con lentitud y estar abierto a las sorpresas que te depara. Hace años que visité Nápoles, pero fue en uno de esos congresos anodinos que te da solo tiempo a ver cuatro cosas, y mal vistas. Las ciudades requieren tiempo y, para comprender su esencia, hay que dedicarles muchos paseos. Tengo esa asignatura pendiente con Nápoles.
      Gracias compañero por estar al otro lado de la pantalla y transmitirme también tus sensaciones.
      Un fuerte abrazo.

  • Responder Ignacio Martín Ballesteros 9 marzo, 2019 a las 1:29 pm

    Lástima cuña no haber podido cuadrar agendas para caminar por Perugia de tu brazo, pero tu mirada me hace estar un poco en esos rincones con encanto que no aparecen en las guías, rincones físicos y rincones emocionales.
    Por cierto, tranquila con Queen que me han dicho que Freddy Mercury siempre canta en inglés ……. jajajaja

    • Responder Rosa María Mateos Ruiz 12 marzo, 2019 a las 3:24 pm

      Sí, una pena. Hubieras disfrutado mucho de esta ciudad. Bohemian Rapsody fue divertida , aprendimos muchos más tacos en italiano. Y sólo nos cobró 5 euros a cada uno. Está claro que los españoles somos el fuerte de doña Pantuflas.
      A ver cómo levanto ahora el campo con los ragazzi.
      Un abrazo grande, grande.

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