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Cajón “desastre”

Literatura

Las ecuaciones del viento

23 Junio, 2017

Doce años después le volví a ofrecer mi brazo. También llovía la tarde del entierro de Juan, el Pajaritos, inaugurando por fin un otoño tan largamente esperado. Cuando la vi medio escondida en el último banco de la iglesia, reconocí al momento su cabellera roja. Nuestro querido compañero Juan Trino había muerto en un accidente la tarde anterior, casi a la misma hora que Leonard Cohen, y con el mismo arte de poeta errante. Ella estaba aún más guapa que en los tiempos de la facultad, con ese estilo desenvuelto de mujer cosmopolita y, como siempre,  dejando un rastro encarnado de perfume de amapolas. Para nosotros seguía siendo Teresa, la Curie, la divina, la mejor de la clase, la diosa de las matemáticas.

Esperé a la salida y me ofrecí a acompañarla con el paraguas. Subía al galope la marea por la ría dejando una capa más de humedad. Como aquélla otra noche de agua, cuando celebramos la licenciatura, la Curie me agarró bien fuerte y arrimó su cuerpo al mío para no mojarse. Una ráfaga de viento levantó el paraguas y ambos nos dirigimos, sin convenirlo, hacia la cafetería más cercana. Frente a frente, y cogidos de la mano, hablamos de el Pajaritos; entre su apellido, y la afición desmedida que tenía al canto, le colocamos el apodo desde el primer día de clase. Recordamos todo su repertorio de cantautores y nos reímos de las escasas habilidades que mostraba con la guitarra, a pesar de su perseverancia. Entonces ella me miró, con esos ojos de ámbar que tantas noches había deseado, y me hizo la misma pregunta que me había hecho yo durante los últimos doce años.

– Antoñito, ¿por qué no me besaste aquélla noche?

– Me enteré que te marchabas en unos días a preparar tu doctorado en una universidad americana, así que te di por perdida. Ninguno de nosotros estaba a tu altura, Teresa; te teníamos mucho más miedo que al profesor de termodinámica- le dije besándole los nudillos-. Por cierto, te hacía por Massachusetts.

– Volví hace unos meses; echaba de menos comer bien y, sobre todo, los pinchos con los amigos en las tabernas del casco viejo. Ahora trabajo en el departamento de energías renovables de una gran empresa, en el equipo de investigación. Diseño los modelos matemáticos que permiten predecir la generación eléctrica de un parque eólico.

– ¿Ecuaciones para el viento?

– Eso es, y con tres incógnitas. Sigo la tradición de intentar domesticar a la Naturaleza a través de los números- me dijo guiñando el ojo derecho-.

– ¿Vendrás a hablarles de tu trabajo a mis alumnos de bachillerato? Andan cansados de la leyes de Newton y necesitan ver cómo se las gasta con el álgebra una mujer eólica del siglo veintiuno.

– ¿Me estás pidiendo una segunda oportunidad?

– En cierta medida, sí.

–  Ya no soy la empollona tímida que esperaba un beso.  Ahora siempre tomo la iniciativa.

– No esperaba menos de una mujer que resuelve ecuaciones de tres incógnitas.

La Curie sacó del bolso un papelito donde me apuntó su teléfono. Cogió mi cara entre su manos y me dio un largo beso en la nariz, como una madre. Se levantó para ponerse el abrigo, me robó el paraguas, y se marchó. Mientras apuraba mi café en soledad, me vino a la cabeza la letra de una canción de Cohen que tantas veces había cantado con el Pajaritos: “I am your man“. Comprendí al instante lo que ella había estado esperando de mi durante tanto tiempo. Ahora sí: soplara de donde soplara el viento caería rendido a su pies; una ecuación con la Curie bien vale un repertorio de versos y de besos.

 

© Fotografía de la entrada: Ian Gavan

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